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CAPITULO UNO
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–Analco es un
refugio –repite la Nina.
Las nubes se amontonaron unas con otras, hasta hacer una sola, grande y espesa,
como sangre molida. La Nina Ramos era la única que mantenía la calma. Sabía que
no era una lluvia ordinaria, ni el viento azul que todas las tardes destensaba
las ramas de los árboles. El rumor que desde lejos llegaba fue premonitorio, por
lo que ya no puso en tela de juicio lo que sucedía. Dejó de mirar el cielo.
Dictó órdenes extrañas. Habló con voz llena de autoridad. Volvió a preguntar por
Nacha, y Pomposa le respondió lo mismo. Se fueron a la biblioteca y vieron todo
destrozado: estantes vacíos, cuadros tumbados, su escritorio hecho pedazos. Una
ventana estaba abierta y la borrasca seguía buscando rincones, rascando
con filos grandes, como uñas de animal de monte, mordiendo hasta los entresijos.
En otros tiempos, en ese lugar, la Nina Ramos había tomado las decisiones más
importantes de su vida. Era su refugio de silencios, el augurio venturoso de sus
mejores días. Furiosa, levantó el puño, aún cogiendo su bastón, y ya no tuvo
fuerza para golpear a su doncella. Le ordenó atrancar la ventana. En el cuarto
de al lado escucharon un lamento ciego que a la Nina le cortó la respiración.
Dejó a Pomposa y salió con prisa, como si alguien la estuviera llamando.
No era
posible caminar por las calles. Las piedras estaban fuera de su lugar; el viento
era una legión de alas que destapaba socavones en la tierra. Las paredes
encaladas, flacas como esqueletos, mostraban un dolor de años. Los patios de las
casas estaban atestados de cachivaches que la andanada había arrastrado quién
sabe desde dónde. Se podían ver objetos que la gente desconocía, como un timón
de barco, un mástil principal con vela y bandera, la parte final de un muelle o
un ancla tan pesada como la fuerza de tres hombres. Los relámpagos eran lo único
que sonaba más fuerte que las dolencias del temporal. Hacinaron a la gente en
albergues improvisados: la escuela, la presidencia municipal o la casa de la
Nina Ramos. Parecía que las nubes se movían más abajo que otras veces, iban
arriba de sus cabezas como si tuvieran intención de coronarlas y reventaban
sobre las hinchazones de la tierra. Desde lejos provenían voces del más allá.
Los difuntos insistían en hablar de sus cosas y se hacían una sola boruca con
los gritos de los vivos, que aventaban sus pecados como si fuera un diluvio de
arrepentimientos en pleno juicio final.
Era un viento del tamaño de la noche. Subía muy alto para dejarse caer con peso
muerto. El padre Ramberto creyendo que el demonio de sal, como le llamaban a la
ventolera, no se atrevería a entrar en la casa de Dios, dejó las puertas
abiertas; cuando la alfombra roja del pasillo central quedó pegada en el techo
comprendió que esos desatinos de la naturaleza iban más allá de cualquier fuerza
terrenal. Buscó en el Viejo Testamento, sin encontrar respuesta. De momento no
quiso leer el libro del Apocalipsis y cerró la Biblia de golpe. Se restregó los
cabellos encanecidos al recordar a su madre tal como la había visto la última
vez, a punto de comulgar. De su sotana sacó una pequeña botella de metal para
llevársela a la boca. Murmuró lo que pudieron haber sido plegarias. De nuevo
abrió la Biblia y la voz de San Juan se le reveló como si estuviera dictándole
las siete cartas. En la tercera, dirigida a la iglesia de Pérgamo, alcanzó a
leer: Conozco dónde moras, dónde está el trono de Satán... y cayó de
rodillas ante la imagen de un Cristo que tenía los ojos cerrados. Había
encontrado la respuesta, pero se negaba a creer que el Dios de sus oraciones se
estuviera ensañando con él y los suyos, que esto fuera el principio del fin del
mundo. Al segundo día cerró la iglesia, después de salmos y bendiciones, de
oficiar misas interminables y orar a pies descalzos. El piso de madera comenzó a
reventarse. Adentro montaron guardia un grupo de beatas invencibles, agazapadas,
se atrincheraron entre las bancas y apretaban los ojos al oír la andanada de
aullidos que combatían con su canto agudo. Al cabo de un rato dirimieron
posiciones y se turnaron en grupos para rezar el rosario y mantener encendidos
los cirios. Hubo que vestir a San Pedro y demás santos con ropas de hombre.
Fueron ellos los primeros en quedar desnudos con el vendaval. El cura Ramberto
las dejó hacer su voluntad y, previniendo una mayor desgracia, guardó el oro
bajo llave, una custodia gigante hecha con el marfil de trescientos elefantes,
el arca eucarística y una cruz procesal sólo utilizada en las fiestas del santo
patrono. En sus ojos revivió la angustia al no saber qué hacer con su colección
de cáliz.
La gente acudió con la Nina en busca de respuestas. Llegaban mujeres llorosas,
niños flacos abrazados por hombres acobardados. Caían sin voluntad a los pies de
la señora, querían ser otra vez los ahijados comprometidos. Decían que An había
vuelto cargado con una venganza infinita. La Nina Ramos salió a la calle y se
sorprendió al ver a su pueblo empequeñecido, como lo recordaba en los tiempos de
su juventud.
Por aquellos años, Analco era un pueblo de una docena de calles, una plaza de
armas sin kiosco y una imponente iglesia construida por la orden de los
Dominicos en los tiempos en que Martín Cortés quería ser Virrey de la Nueva
España. La casa de la Nina Ramos estaba en el centro del
pueblo, enfrente de la parroquia, y competían en tamaño. Era una casona
colonial con seis patios interiores y un huerto de naranjos. Analco estaba en la
región más intrincada de la Sierra Madre, donde el viento le hacía camino al sol
para llegar a todos los lugares. Sus fundadores creyeron que sería una ruta de
nuevos pobladores, paso obligado para el comercio. Sin embargo, después de dos
siglos, sólo había triplicado sus calles y construido un portal de cantera
barroca. Con el tiempo se dieron cuenta de que ahí no llegaba nadie, sólo los
indios huicholes de alrededor y los hombres de la barranca. En los días más
salvajes de la primavera, los más atrevidos asaltaban el rancho de Santa Teresa
para robarse a las mujeres y luego buscar la bendición del señor cura. Pero como
a veces transcurrían años sin tener autoridad eclesiástica ni civil y como la
Nina Ramos era la dueña de todo aquello, iban a buscarla para recibir su
aprobación.
Su propiedad fue tan vasta que corría desde la barranca de San Pedro, la Sierra
Madre, la región de Los Altos hasta sus límites con el Bajío. Si los nuevos
matrimonios le pedían a la Nina Ramos que fuera la madrina de bautizo de sus
hijos, ella les concedía un pedazo de tierra para sus casas y una parcela para
sembrar. Así, la costumbre que fuera primero por conveniencia, se hizo tradición
con el correr de los años.
La
Nina Ramos
era la única mujer que había bailado con dos emperadores el mismo vals, en el
mismo castillo, pero en diferente época: del brazo de Agustín I, y como dama de
la corte de la emperatriz Carlota, se sumergió en la profundidad azul de los
ojos de Maximiliano de Habsburgo. Nadie podría asegurar, pero tampoco desmentir,
la historia de las sábanas de algodón egipcio, traídas especialmente para que
durmiera el general Agustín de Iturbide, cuando rumbo a la capital comandando el
Ejército Trigarante, pernoctó unas noches en Analco. Fue la inteligencia e
ingenio, más que la belleza de la joven señora, lo que cautivó al futuro
emperador. Dos noches descansó sus sienes en el frondoso pecho de la Nina. La
señora hablaba de él con tanta familiaridad que, a veces, traicionada por los
recuerdos, a media conversación guardaba silencio, como si un viejo dolor le
brincara otra vez en sus ojos. Nadie recordaba quiénes fueron los padres de la
Nina y hasta habían olvidado el nombre del coronel con quien estuvo comprometida
y a punto de casarse. Algunos decían que ella había abierto los doce túneles en
la montaña para llegar a esta barranca y trazado las calles del pueblo. Virginia
era su nombre de pila, y a pesar de no tener hijos, todos la veían como a una
madre y se dejaban querer como si lo fueran. Aunque alguna vez Nacha mencionó de
soslayo que la Nina había parido un varón, nacido por los pies, hermoso como el
deseo y que su descendencia se encontraba ahora a lo largo y ancho de la
barranca de San Pedro.
Como la ruta de Analco nunca se incluyó en la cartografía nacional, la Nina
Ramos sentenció que quien llegara allí, sería por voluntad del destino. Un día
de marzo al año siguiente en que se firmaron los acuerdos de independencia con
la Madre Patria, llegó buscando refugio don Alonso de Alvarado, español realista
que huía de la persecución que se encarnizó contra los extranjeros. La Nina
Ramos lo dejó quedarse con un mínimo de condiciones. Fidela, su mujer, que se
presentó como la viuda Fidela, en cuanto vio la enorme iglesia en el centro del
pueblo, dijo que ahí sería enterrada junto a los restos de su primer marido. Y
para que no quedara duda de su viudez, cargaba sus restos en un elegante baúl.
Don Alonso de Alvarado la había conocido por los tiempos en que servía al Virrey
Apodaca. Fidela se decía mujer de un solo hombre; por eso presumía de su viudez
y desde su noche de bodas durmieron en camas separadas. “Antes muerta a que me
ponga una mano encima”, le repetía en noches de forcejeo. No los había unido el
amor ni la desgracia, sino el interés. Al quedar viuda, Fidela contaba su
riqueza entre dos continentes. Terminada la vigilia del luto, su notario le
pidió matrimonio y la señora le respondió que jamás se volvería a casar, mucho
menos a desnudarse frente a otro hombre. Don Alonso de Alvarado insistió. En
tres ocasiones le propuso matrimonio, prometiéndole que sólo sería un formulismo
para la salvaguarda de sus bienes; le aseguró que de buena fuente sabía que ya
estaban adscritos en las listas de requisa de la iglesia. La mujer aceptó con la
condición de guardar su viudez y respetar la memoria de su difunto marido. Don
Alonso se convenció de que la castidad iba en serio cuando por enésima vez se le
echó encima y la viuda Fidela, dos veces más ancha que él, le asfixió tanto la
entrepierna que le dejó amoratada la última voluntad que le quedaba de amor.
Cuando llegaron a Analco llevaban más de quince años juntos, y el español se
consolaba con una burrita que llegó con ellos y que sólo él montaba.
Por su lugar estratégico, la Nina les dio un terreno frente a la plaza y en
menos de un año levantaron una casa de muros muy altos, con troneras en la parte
superior, convirtiéndose en la más segura del pueblo. Su fachada forrada de
piedra volcánica roja daba la impresión de una muralla impenetrable. Don Alonso
la había hecho construir así para guarecerse de sus enemigos. Al atardecer
recorría la azotea cargando un arcabuz taraceado de manufactura francesa,
gritaba improperios y daba órdenes a un batallón imaginario. Por las noches, el
miedo a que lo sorprendieran dormido hacía que Jonás, su esclavo negro, durmiera
en la puerta de su habitación con un cuchillo largo y domesticado. El hombre era
mudo, porque otro amo le había cortado la lengua siendo un niño. Don Alonso de
Alvarado lo compró en los muelles de Veracruz, recién desembarcado de Santo
Domingo, un sábado que fue a pagar un par de bueyes y unas gallinas negras de
Guinea, que le habían dicho daban muy buenos huevos en la pascua. Cuando se
enojaba con él, le reclamaba el doble precio que le había costado por su
condición de mudo. La Nina Ramos había hecho una concesión especial a don Alonso
para que lo conservara a su servicio, luego de explicarle a Jonás que podía
marcharse si quería, porque era libre. El hombre les hizo entender su destino de
esclavo al quedarse de pie, inmóvil, cruzado de brazos al lado de su amo, con la
mirada perdida en el infinito y los ojos náufragos. Entonces la Nina les pidió
que lo vistieran, que era impropio andar descamisado y en calzones por todo el
pueblo. Jonás, que hasta ese día había andado con el torso oxidado bajo el sol,
vistió una casaca de gastado terciopelo rojo con bordados de seda en los puños y
peluca blanca de coleta. Fue luego de la muerte de su amo y de la viuda Fidela,
que hizo vida de hombre libre y se casó con Fidelidad, doncella de la Nina.
Moriría de muerte natural tocando el arpa que aprendió a rasgar con un fraile
dominico, quien nunca pudo cambiarle sus collares de cuentas por una cruz de
oro.
El viejo español pronto se aficionó a los dados y al mezcal que destilaba
Vicente Rojas en la fábrica La Rojeña, –la que nunca le tocó en herencia a su
bisnieto, don Belisario–. Desde el mediodía se juntaban los Barones de la
barranca, como les nombraba el gachupín, a beber vino mezcal y presumir sus
hazañas. Don Alonso siempre era el centro de atención; sus historias eran de
antología, con mentiras tan verídicas que dejaban a todos con la boca abierta.
Una temporada de caza, don Alonso se vio rodeado por indios salvajes, caníbales
de la selva Lacandona. Sin poder huir y con sólo una carga en su mosquete, le
dobló el cañón con la rodilla, dejándolo en forma de U y con un sólo disparo, la
pólvora alcanzó a dar la vuelta matando a todos sus captores. Otro día les
platicó el asalto a su casa. Dos noches antes de dejar la capital,
imposibilitado de llegar a su cuarto de armas y viéndose solo con un cuchillo de
matancero, se enfrentó a docenas de soldados insurgentes. Fueron tantos los que
mató y tal el desgaste de su arma, que justo al amanecer los últimos salieron
corriendo y don Alonso, apenas con un rasguño en el brazo, miró su cuchillo, que
según sus palabras, se había gastado hasta convertirse en una navaja ni siquiera
buena para cortar callos. También presumía de tener el caballo más veloz de toda
la Nueva España. Así lo comprobó la tarde venturosa que logró escapar a todo
galope de sus enemigos, en una de sus múltiples batallas. Llevándoles la
delantera a las descargas de fusil y cuarteando el caballo por ambos costados,
se dio cuenta, al llegar a buen resguardo, que el fuego contrario sólo había
chamuscado la cola del animal. Los hombres que se reunían alrededor de una
improvisada mesa de tablones, escuchaban atentos las historias que el viejo
andaluz contaba con fuertes movimientos histriónicos, antes de comenzar les
preguntaba si preferían la versión corta o larga, pero antes de que le
respondieran, contestaba: “voy a contaros la corta, es la que mejor recuerdo”.
La historia se escurría durante toda la tarde, entre distintas voces y manotazos
del narrador.
Don Alonso de Alvarado aún vestía casaca de terciopelo con bordados entorchados
de seda y oro, sombrero de tres picos y corbatón con chorrera de holanes. Ni
siquiera con la pérdida de su pierna izquierda se acostumbró al uso de
pantalones largos; hasta el día de su muerte los llevó con medias blancas. Jamás
atendió el consejo de usar huaraches de vez en cuando y no los zapatos de tacón
que le apretaban la pisada, hasta que la uña del dedo gordo se le encarnó y
tuvieron que sacársela a tirones. Días después, cuando el pie se le convirtió en
una llaga viva, por fin se dejó atender por la curandera del pueblo. La mujer,
en su lengua de india, les dijo que le había caído gangrena: o le cortaba el pie
o le tomaba medidas para que le fueran tejiendo su petate. La Nina Ramos les
tradujo lo que Refugio Palomera murmuró. Don Alonso de Alvarado se negó
rotundamente. Otra vez gritó los nombres de sus enemigos y aseguró que habían
planeado una emboscada, que a él lo enterrarían entero. La viuda Fidela tuvo que
decidir. Semanas más tarde, el esclavo Jonás tenía un nuevo trabajo: empujar la
silla de ruedas de su amo. El viejo cargaba su pie izquierdo en el regazo,
metido en un frasco vitrolero de los que se usan para los chiles en vinagre,
flotando en una fórmula de alcoholes y fermentos. El carácter se le agrió, se
hizo arisco y reservado, pero siguió visitando las cavas de La Rojeña. Ya
entrado en copas volvía a ser el mismo de antes y contaba sus historias. La más
reciente era la pérdida de su pierna, a veces en un campo de batalla; otras, por
la tarascada de una fiera al atravesar los límites humanos del África. Al
escuchar las campanas de la bendición, sus amigos se turnaban la vigilancia
desde la puerta. En cualquier momento podía llegar la viuda Fidela, repartir
tortazos y llevarse a su marido casi de las orejas. “Ahí viene la viuda, ahí
viene la viuda”, se pasaba la voz desde el centinela hasta el interior de la
cava y don Alonso de Alvarado más tardaba en esconderse que su mujer en
encontrarlo, siempre acompañada del esclavo negro. A veces se lo llevaban en la
misma silla de ruedas y cuando se ponía impertinente, la viuda le había
autorizado a Jonás que lo sacara cargando del lugar. “¡Dejarme disfrutar!”,
gritaba don Alonso, entre improperios acuñados en su país que a los barranqueños
les parecían mas cómicos que ofensivos.
Al morir la viuda Fidela, un año después que su marido, su casa se guardó para
los olores propios del encierro. Con muchos años de abandono, la humedad y la
hiedra treparon sus paredes. Fue hasta los primeros años del nuevo siglo, cuando
la Nina Ramos se la cedió al doctor Leonardo Ralla, eminente médico y biólogo
que en Analco haría florecer la ciencia y multiplicaría las maravillas de la
región. Leonardo Ralla presumía, con cierta modestia, haber sido alumno del
científico Pasteur. Por casualidad llegó a la barranca un día en que su caballo
se desbocó y corrió sin detenerse lo que pudieron haber sido tres días y tres
noches continuas. El doctor se aferró a la crin y se dejó llevar con los ojos
cerrados. Al abrirlos, mayúscula fue su sorpresa al encontrarse con el Cápora,
mayoral de la Nina, que en su visita por las huertas se dio cuenta de que los
nuevos injertos estaban destruidos. Era un domingo de resurrección. Amanecía.
Por fin Leonardo Ralla desmontó y vio al otro desenfundar un enorme machete y
amenazarlo con palabras tan fuera de su cotidianeidad que el doctor sólo atinó a
presentarse con un fuerte apretón de manos. El Cápora tenía suficientes motivos
para matarlo, según le dijo con voz pausada. Sin embargo, le extrañó tanto su
presencia que le preguntó cómo había cruzado el río Santiago. El doctor no supo
qué contestar porque en su trayecto alucinado no había tenido que burlar ninguna
frontera de agua.
Ya en presencia de la Nina, el doctor intuyó de inmediato que esa mujer de voz
precisa era la máxima autoridad en la región. La biblioteca estaba decorada con
gusto afrancesado, con techos de mampostería barroca y ventanas que iban casi de
piso a techo. El doctor Leonardo Ralla descubrió una reserva de tiempo en su
mirada y la enfrentó con tanta delicadeza que a la señora le volvieron
recuerdos de otra época. Antes de que la señora le ofreciera una silla, el
doctor le pidió un baño donde asearse, la Nina lo dejó salir ya sin la
vigilancia del Cápora. Fue a las letrinas que estaban más allá del huerto de los
naranjos. Se lavó. Volvió a fajarse y regresó a la biblioteca. “Fue como si mi
caballo supiera los atajos para llegar a este lugar. Vengo de la capital”, le
dijo. Entonces la señora le preguntó por las revueltas que se habían suscitado y
por el nuevo presidente que gobernaba al país. Le pidió que la pusiera al
corriente de lo que allí estaba sucediendo. Leonardo Ralla le relató con detalle
los primeros brotes de violencia, la huida del dictador. “No me gusta el término
que le da al general Porfirio Díaz. En todo caso debería llamarlo el buen
dictador”, interrumpió la Nina. Las horas de charla fueron transcurriendo hasta
que la conversación concluyó en formulaciones de fragancias y otros augurios. La
Nina le prometió toda clase de facilidades y lo conminó a quedarse.
Tardó más de un mes en descombrar la casa de la viuda Fidela. Mandó traer a su
esposa de la capital y sus aperos de trabajo. En grandes petacas con doble
candado llegaron a lomo de burro sus extravagantes enseres que sólo podían
servir para la tortura. Pinzas enormes y dentadas, cuchillas pequeñas pero con
tanto filo que atravesaban la carne al menor roce, enormes bandejas de acero,
telas que al mojarse endurecían como piedra e infinidad de frascos con líquidos
extraños y penetrantes aromas. Decía el doctor que algunos servían como ungüento
para revelar el alma. Antes de cumplirse un mes de su llegada, hizo un censo
sanitario de la población. Casa por casa recorrió las calles del pueblo y dio a
beber a niños y adultos tres gotas de un líquido amargo e incoloro que, según
él, prevenía la fiebre amarilla, la tifo, la tuberculosis y hasta la peste del
insomnio. La Nina Ramos fue la primera en tomar la vacuna, en la misa del
domingo. Aún así las habladurías no se hicieron esperar. Decían que desataría
los demonios de la carne, que no era bueno verse a solas con el doctor. Muchos
de esos pretextos los inventaba Nacha, contradiciendo las palabras de
bienaventuranza de Pomposa, doncella de la Nina. “Con ese hombre ha llegado la
fatalidad y el mal agüero a Analco” sentenció la yerbera. Luego se hacía la
distraída cuando la señora le preguntaba de dónde provenía tanta maledicencia de
la gente. Hasta que el viernes primero de agosto, la Nina Ramos aplacó los
chismes en la voz del padre Ramberto, que desde el púlpito desmanteló cualquier
circunstancia que pusiera en peligro a Leonardo Ralla y a su mujer, que no
aceptaba del todo vivir en esa barranca y dejar su vida citadina, sus amistades
del country club y los bailes de beneficencia. Desde su llegada notó que las
mujeres usaban vestidos de otra época, parecidos a los que recordaba haber visto
en el ropero de su abuela. Fue en un desayuno en casa de la Nina Ramos el día de
los fieles difuntos, cuando la señora felicitó al doctor por el embarazo de su
esposa. “Pero si en más de diez años de matrimonio no ha podido quedar en cinta,
además, Lucrecia ya no está en edad”, respondió con sorpresa. En ese momento
también Pomposa se alegró con la noticia y él la confirmó apenas regresó a su
casa. Su mujer le dijo, contrariada, que volvía a creer en los milagros.
Leonardo Ralla acondicionó en el convento, bajo el cuidado de las monjas
descalzas, un dispensario médico. La orden religiosa era gobernada por Sor
Petronila y bajo su mando tenía doce monjas que, por alguna extraña
coincidencia, llevaban los nombres en femenino de los doce apóstoles. El convento se convirtió en
un centro de investigación y estudio. El espacio del segundo patio y la casta
virtud de la huerta fueron el lugar ideal para sus nuevos cultivos y
experiencias transgénicas. En la atalaya que despuntaba hacia el oriente se
adaptó un observatorio crepuscular en el que Sor Judas se ilusionaba con mirar
las estrellas. Rápidamente Judas se distinguió por su estricta disciplina y su
apego a la lógica para la solución de todos los problemas. De no ser porque
vestía su hábito azul y blanco de la orden, cualquiera podría pensar que Sor
Judas estaba segura de que el hombre había nacido de la unión de unos catetos y
que las plantas germinaban de una raíz cuadrada. Todas sus explicaciones eran a
través de números y como era hábil para las aplicaciones aritméticas, en sus
ratos de ocio resolvía con mano dura los libros contables. Su vida era la
astronomía, por lo que fue una justificada consejera en la exploración del
firmamento. Sor Judas había llegado a Analco para cumplir una condena de
claustro y clausura que no duró más de tres años, después del escándalo que armó
en la capital, cuando sus cálculos adivinaron el paso del cometa Halley,
asegurando que haría una colisión tan fuerte con la Tierra que desprendería la
península de Yucatán. El señor arzobispo escuchó el disparate como una herejía,
y conociendo los métodos de limpieza espiritual de Sor Petronila, puso santo
remedio. Judas completó penitencias de ayuno en la oscuridad, se sobrepuso a
pruebas de fe y juró, en vano, que jamás volvería a mirar las estrellas. Fue
hasta que llegó el doctor Leonardo Ralla y supo del asunto, que intervino con la
Nina Ramos para liberarla de toda culpa. En la primera conversación que
sostuvieron, Sor Judas tenía una sola pregunta que la había atormentado los
últimos años, más aún que el encierro: en qué había fallado para que el impacto
no se suscitara como había pronosticado. “Porque ha de saber, doctor, que a
estas alturas ya no creo en milagros”, le dijo. “Un punto fuera de lugar
invirtió las coordenadas”, contestó. Después de ese día, volvió su mirada al
horizonte del cielo y en sus observaciones diarias dedujo que la superficie
lunar era una extraña especie de arena volcánica comparable con la era
cuaternaria en antigüedad y pureza; también supo, con una certeza que el doctor
Leonardo Ralla sólo había descubierto en los libros del padre de la física, que
un día lunar duraba lo que veintiocho amaneceres en la tierra. Entre los dos les
pusieron nombres a los cráteres y montañas, clasificaron las manchas, a las que
les encontraron caracteres mitológicos y hasta resolvieron el cultivo de la
tierra a través de las corrientes de chorro.
Fue en el observatorio del convento, una noche de luna nueva, cuando el doctor
Leonardo Ralla comprobó su teoría Ánima lux. Sor Judas lo estaba
asistiendo en el momento de revelársele la hipótesis que años después iba a ser
fundamental para su sistema Umbra quirúrgico. De cualquier manera, la
visión científica del doctor nunca fue aprobada por Sor Petronila, lo que
ocasionó más de un enfrentamiento. La superiora no estaba conforme de tener en
el convento la visita diaria de un hombre y convertir su huerta en tierra de
cultivo para flores carnívoras, según decía. La situación llegó a su máximo
deterioro cuando la Nina Ramos convenció al padre Ramberto para que diera la
autorización de instalar un dispensario médico en el segundo piso,
convirtiéndolo en un lugar donde la gente llegaba para sanar. En los más de diez
años que operó, no se asentó ningún muerto en sus libros de registro. La monja
prior lo discutió hasta el cansancio con la Nina y revivió otra vez el asunto
que la señora tenía más que enterrado: la monja desertora que una noche huyó con
hábito y todo con el padre Donato Godínez. Sor Petronila se escudaba en las
tentaciones que el diablo acomoda en los entresijos de los hombres, no ponía en
duda la santidad de ninguna de sus subordinadas, pero aseguraba que el doctor
Leonardo Ralla contrariaba los designios del Señor.
En toda la barranca no se conocían flores mejor cultivadas y hermosas que las
del jardín del convento, donde sacaban a pasear a Sor Matea, la monja más vieja
de la orden. En julio y sus días de lluvia se le veía poco; por la flebitis de
sus piernas el doctor Leonardo Ralla la mantenía en reposo absoluto. Siendo la
única sobreviviente de quienes habían fundado el convento, era la única persona
que conoció a la Nina Ramos por las fechas del Segundo Imperio. Hablaba en
murmullos y tergiversaba recuerdos. Todas sabían que algo de verdad había en sus
palabras, sobre todo la Nina que era la primera en preocuparse por esos
recuerdos. “Huye, tú que aún puedes”, le decía Matea a la hermana que cuidaba de
ella y que fue la última en ingresar al convento. Juana llegó siendo niña,
tirada del brazo por Pomposa. Esa tarde desde la torre del campanario, Sor Tadea
divisó a la Nina Ramos y tocó un misterio en la campana que sólo utilizaba
para anunciar la visita de la señora, bajó a toda carrera el caracol de la
escalera y le avisó a la madre celadora que algo no andaba bien. Faltaban pocos
minutos para el rosario de las siete. La superiora suspendió el servicio y
recibió a la Nina Ramos en la Dirección. La madrina se arrellanó en un
sillón y antes de dejarla hablar, Sor Petronila preguntó de quién era la
criatura que Pomposa llevaba de la mano.
–La niña es huérfana y andaba rodando de mano en mano por la calle Del Rey –dijo
la señora y continuó–, el Cápora la recogió anoche, cuando salía del burdel.
–¡Santo Dios! Personalmente me encargaré de rescatar su alma –exclamó la monja.
Años después, la niña profesaría con el nombre de Juana, tendría bajo su
cuidado a Sor Matea, sería ayudanta en el dispensario del doctor Leonardo Ralla,
guía espiritual de su hija Dolores y por azares del destino, casi una santa.
Nadie esperaba la sorpresa de un mal parto en la casa del doctor Leonardo Ralla.
El embarazo de su esposa había sido difícil. Gracias a sus cuidados extremos y,
según él, al aire de esta barranca que olía a cobre y tierra mojada, no tuvo un
tercer aborto. Sin embargo, doña Lucrecia guardó cama casi todo el período y se
desentendió de cualquier asunto de su casa. Hasta que el martes dos de mayo,
pasado el mediodía, un accidente que de momento se pensó fatal, obligó a la
familia a cambiar sus planes de viaje. El alumbramiento no debía suceder en
Analco. Doña Lucrecia estaba en el séptimo mes de embarazo y a una semana de
volver a la capital. Pero por una distracción sin motivo sufrió una caída en el
cuarto de baño y su vientre abultado se estrelló como cascarón contra la
porcelana de la bañera.
Doña Lucrecia jamás perdonó a su esposo que no estuviera con ella esa mañana,
sino Nacha, la partera, porque la Nina Ramos lo había mandado a las huertas de
mango a controlar una disentería mansa entre los barranqueños. Doña Lucrecia
apenas tuvo fuerza para llegar a su cama. Cuando le avisaron a la Nina Ramos, la
señora ya se estaba alistando para visitar la casa del doctor. Mandó buscar al
padre Ramberto y el cura ordenó repicar las campanas de la parroquia.
–Yo le dije al doctor que ya no era conveniente viajar a la capital –le comentó
la Nina al señor cura antes de salir de su casa.
–Lo que temía usted, era que después no quisieran volver –objetó el padre
Ramberto.
Y en efecto, durante todo el embarazo de doña Lucrecia, la Nina Ramos había
intentado persuadir al doctor Leonardo Ralla para que el parto no sucediera
fuera de sus tierras. La Nina no le respondió al cura y apresuró a Pomposa para
que trajera la sombrilla.
Una hora más tarde, Leonardo Ralla, desde el zaguán de la entrada escuchó los
lamentos de su mujer reventados en las vigas. Había un calor líquido en el
ambiente. La tensión se cortaba con el sonido de las espuelas, tropezaba con
miradas que agachaban la cara, con cuerpos sin rostros que le urgían llegar. Vio
a su esposa entre almohadones, con una mirada de desamparo que lo hizo
precipitarse a su lado. Durante los siete meses que duró el embarazo, doña
Lucrecia se quejó de una constante opresión en el pecho, su respiración fue
acelerada y corta, decía que sentía al bebé colgado de sus pulmones. Le
molestaba el olor de su casa, los suspiros de ácido y arsénico del laboratorio.
Vivió una constante alucinación de malos augurios y de espíritus desencarnados
al acecho de recuerdos.
El parto no tuvo complicación alguna, porque al menor crepúsculo de dolor, doña
Lucrecia consintió en tomarse un influjo de semillas que le dio la yerbera para
que aflojara el cuerpo. Poco a poco Nacha comenzó a dejar de escuchar los gritos
de la parturienta, y se abandonó al trance involuntario de su oficio que, en
ocasiones como ésta, la hacían revivir sueños premonitorios. Recordó que su
nacimiento había sido el único que había atendido, personalmente, la Nina Ramos.
Volvieron sus recuerdos al lado de la madrina, su voz reveladora de secretos, de
grandes promesas, hasta que el llanto azorado de la criatura la volvió en sí y
se sorprendió al tener en sus brazos a una niña sin color en la piel. Se sintió
exhausta y de inmediato se la pasó a doña Lucrecia. Al verla, Leonardo Ralla
descubrió una mirada de ángel en sus ojos azules y se sintió deslumbrado por la
luz de sus cabellos blancos, el recuerdo de su primer amor le saltó a los ojos,
pero no se dejó amedrentar. A doña Lucrecia, que estaba inmersa en una nube de
caos, se le revolvía la mirada en imágenes delirantes. Le gritó al doctor que
apartara a la niña de su vista, que era un castigo de Dios por haberlo seguido a
esa tierra sin caminos. Gritó que Nacha era bruja, que seguramente había
conspirado con las sombras. Repetía los nombres de sus asesinos, entre ellos el
de la Nina Ramos, porque aseguraba que estaba muerta en vida, e insistía que la
niña era albina por castigo de Dios, pero en el fondo sabía que era por su
culpa, que la maldición de Magdalena, su hermana, la perseguiría hasta el fin de
sus días. Sin esperar más, el doctor salió al corredor con su hija en brazos y
de inmediato recibió la bendición del padre Ramberto. La Nina Ramos se convenció
de haber presenciado el advenimiento de una santa.
El mercado fue un bullicio ensordecedor. Nadie recordaba otro año con mejores
cosechas ni frutas tan abundantes que lloraban su jugo al primer apretón. A
partir de entonces cosas extrañas comenzaron a suceder en la barranca de San
Pedro. Pomposa corroboraba estas versiones, muchas de las cuales salían de la
casa de la Nina Ramos. La doncella decía que no eran extrañas coincidencias, que
abrieran los ojos para ver los milagros que pronto se manifestarían. El padre
Ramberto los quiso documentar para presentarlos como férrea prueba ante la junta
de arzobispos en la capital. Pronto se corrió la voz que le atribuía a la
criatura el poder divino de la sanación. Decían que esta niña había sido tocada
por la mano de Dios y el adelanto del parto era un presagio de amor. “El Señor
quiso que naciera en Analco, que su madre no se fuera a parir a la capital”,
repetían por todo el pueblo. Dolores, como ya le nombraban, era la encarnación
del silencio. La cubrían con frazadas de fino algodón hechas
especialmente para ella. No fue necesario que el doctor regresara a la barranca
a seguir con el tratamiento para la disentería. Los enfermos sanaron sin saber a
ciencia cierta si se debía a los nuevos medicamentos que les dio a beber o si
fue el nacimiento prematuro de Dolores lo que los salvaría de la mortandad. De
cualquier modo, la gente se agolpó afuera de su casa. Todos querían ver su luz.
Llegaban en caravanas incansables desde el otro lado del río, los indios devotos
le dejaban ofrendas, subían de la barranca hombres desesperados con sus
ilusiones a rastras, y los niños creían ver en Dolores el ángel de la guarda que
tanto les contaban en el catecismo. Un lazo humano y apretado rodeó tres veces
la casa del doctor. De día y de noche guardaban su lugar sin que nadie ni nada
los hiciera moverse. Al tercer día, aquello se convirtió en un mercado; había
quienes gritaban suertes de feria y otros que juraban sobre la cruz de sus dedos
haber visto a la pequeña salir por la puerta sin siquiera abrir el portón. “Ya
vieron las nubes”, gritó alguien y señaló al cielo. “Es la niña que se
manifiesta”, aseguró otra voz. Una tormenta de relámpagos precedió a un desplome
de agua, ocasionando que la marabunta de gente quisiera entrar a la fuerza para
apropiarse de un milagro. La Nina Ramos mandó al Cápora a poner orden y el
mayoral acabó junto con el doctor Leonardo Ralla defendiendo la casa desde las
troneras. Ni el padre Ramberto con su montón de sermones pudo combatir el
destino de un pueblo en búsqueda de respuestas. Fue hasta que la Nina Ramos tomó
cartas en el asunto que puso remedio a tanta frustración. Se presentó con
Pomposa y en medio del aguacero entraron a la casa de los Ralla. Al cabo de un
rato salió con Dolores en los brazos y la gente se fue detrás de ellas, en
silencio.
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